HUMANIZAR A UN ANIMAL

(Artículo escrito por Mariví Simona en noviembre de 2016)

Hace ya un tiempo que escribí este artículo para la revista Pelo, Pico, Pata. Pero estos últimos días he estado sintiendo que lo que en él comparto sigue siendo importante y he decidido compartirlo esta vez aquí, en el blog.

También es cierto que han pasado años y he seguido aprendiendo de los animales y con los animales, así que antes de publicarlo le he dado un buen repaso añadiendo algunas cosas y eliminando o retocando otras. Resultado, esto es lo que hoy día puedo decir sobre lo que considero es «humanizar a un animal« y por qué considero que es importante que demos un repaso a este concepto a la hora de plantearnos una relación sana con nuestros compañeros animales:

 

En una ocasión recibí un correo de una familia que me preguntaba sobre las consultas de comunicación con animales.

La razón de su interés era que su perro había comenzado a mostrar conductas de agresividad y él y su mujer, que tenían un bebé en casa, temían que pudiese ocurrir alguna desgracia. Según me contaba, el adiestramiento (no especificaba más) no había conseguido cambios significativos en su conducta, quería saber qué podríamos conseguir con una consulta de comunicación telepática con el animal porque el adiestrador contratado les había dado como única solución posible la eutanasia. «Le queremos mucho – me escribía- y no queremos tener que llegar a eso.»

Yo le hablé sobre las sesiones y le pasé el link de mi web www.entrespecies.com donde explico cómo las realizamos.

Le comenté además que, entre otras cosas, su perro podría decirnos a qué se debía su cambio de conducta e incluso, probablemente, qué necesitaba para cambiarla puesto que los animales suelen ser muy conscientes de sus cambios de conducta y tener claras las razones y lo que podría ayudarles a volver a la normalidad. Le expliqué que aunque a menudo los animales, especialmente algunos perros y caballos, relajan y cambian sus conductas tras una sesión de comunicación al sentirse escuchados, pues por fin pudieron expresar algún mensaje que llevaban años intentando hacernos llegar sin ser capaces de hacerse entender por sus personas; aunque esto suceda en bastantes ocasiones, lo más importante que la sesión nos podría ofrecer sería que el animal nos iba a poder guiar hacia la solución para conseguir ayudarle a armonizar de nuevo su conducta.

Un par de días más tarde recibí de nuevo un correo de la misma persona diciéndome que habían decidido eutanasiar al animal, que la familia estaba sufriendo mucho con la situación como para además humanizar la conducta del animal preguntándole cómo se sentía, así que prescindirían de mis servicios e iban a acabar con el problema tal y cómo el «adiestrador» había propuesto, cuanto antes sin darle mucha más vueltas.

Es difícil describir la sensación que sentí al leer aquel mail,

de impotencia e injusticia al mismo tiempo; impotencia por no poder hacer nada ya por ayudar a ese animal al que sabía que seguramente habría podido ayudar; injusticia por el animal al que se iba a matar sin darle la oportunidad de pedir ayuda, de explicar su situación y ni siquiera considerar su derecho innato a la vida.

Pero este hombre, además, sacaba a relucir la idea de que saber lo que su animal sentía y necesitaba sería humanizar al animal. De un tiempo a esta parte he escuchado utilizar ese término en varias ocasiones en diferentes circunstancias y siempre me lleva a hacerme la misma pregunta:

¿Qué se supone que hemos de entender por «humanizar a un animal»?

Todo el mundo parece coincidir en que hacerlo no es buena idea, pero me da la sensación de que el significado de este término se estira y deforma a voluntad por quienes lo utilizan según les convenga. Esa, por cierto, podría haberse vuelto una conducta muy humana.

Yéndonos a lo literal, humanizar significa dotar de aspecto o capacidades eminentemente humanas a alguien o algo y por lo tanto humanizar a un animal implica imponerle características o modos de vida eminentemente humanos. No es de extrañar que este problema pueda darse a la hora de tratar a nuestros animales de compañía en una sociedad como la nuestra, que se desarrolla en una creciente desconexión con la Naturaleza.

Tenerlo en cuenta a la hora de tratar a nuestros animales para, en la medida de lo posible, evitarlo, es un paso importante a la hora de sanar nuestros vínculos entre especies, porque ciertamente puede llegar a causar problemas tanto al animal como a su persona.

Sin embargo, dudo mucho que escuchar la necesidades que nos expresa un animal implique humanizarlo, sinceramente. Las emociones, las sensaciones y los sentimientos no son una característica exclusiva de la especie humana y eso, si alguien aún no lo notó por la propia experiencia, ya se ha demostrado científicamente con creces, ignorarlo es eso, pura ignorancia, algo recalcitrante ya. 

 

Creo que es de bien nacido ayudar en lo posible a quien te necesita,

más incluso si es de tu grupo familiar, de tu tribu, como en el caso de los animales que conviven con nosotros en casa.
Pienso, de hecho, que es precisamente ese tipo de conducta ayudadora y empática con los demás la que nos convierte en humanos, y no el derecho a ser ayudado, que en realidad viene implícito ya con la propia vida. Todos los seres vivos tenemos derecho a vivir y ser apoyados en nuestro intento por quienes nos rodean, sin importar cual sea nuestra especie. Y tal vez solo estemos aquí para eso, para aprender a ayudarnos unos a otros, ¿quién sabe? pudiera ser…

 

Se nos abre el corazón cuando vemos a un niño salvar a un perrito que cayó en el caudal de un río;

cuando un motorista abandona una competición para salvar un ternerito de morir ahogado y lo lleva de nuevo junto a su madre, cuando un bombero rescata de una casa en llamas a una perrita con sus cachorros… y lo cierto es que esa es la conducta que llevamos grabada en nuestros corazones y en nuestras células, la que nos hace sentir en armonía con la vida, la que nos nutre y fortalece, y  lo que, yo diría, nos convierte en humanos.

Tengo mis propias razones para no creer que tener en cuenta las emociones de los animales al relacionarnos con ellos sea humanizarlos. Las emociones no son una característica eminentemente humana, y lo sé porque la comunicación telepática que llevo practicando con ellos durante algo más de una década está basada precisamente en la capacidad de compartir las emociones de cualquier otro ser vivo.

La comunicación telepática comienza precisamente así, sintiéndonos el uno al otro…

Cuando conecto con un animal para comunicar con él, lo primero que ocurre es que le siento, siento su energía vital, su personalidad, su estado de ánimo, y, si él quiere, llegas a sentir lo mismo que él siente a todos los niveles, a percibir de la misma manera que él lo hace, al mismo tiempo que él está haciendo exactamente lo mismo conmigo.

Así he conocido madres de especies muy diferentes que sentían una profunda pena por haber sido separadas de sus bebés demasiado pronto, animales que se sentían orgullosos de sus compañeros humanos, que sentían miedo al quedarse solos, rabia, impotencia, amistad, amor. No, las emociones no son patrimonio exclusivo de nuestra especie y tener en cuenta las emociones de los animales al relacionarnos con ellos no tiene nada que ver con humanizarlos, sino con volvernos nosotros mismos más humanos.

A mi parecer, humanizar a un animal tiene mucho más que ver con proyectar nuestras percepciones, emociones y valores sobre ellos. Con interpretar sus acciones con los mismos patrones que interpretamos las nuestras, con suponer que si nosotros no sabemos solucionar algo ellos tampoco sabrán, que si para nosotros algo no es importante para ellos tampoco lo es, que su manera de percibir el mundo tiene que parecerse a la nuestra, o que sus vidas tienen que verse regidas por los mismos valores que aplicamos nosotros en la nuestra.

 

Recuerdo una vez en la que estando en el veterinario con mi perro Gastby

entró una mujer con su perrito pizpireto y felíz saludando a todo el mundo. -«Vengo a que le pongan la inyección, está sufriendo mucho»

-«¿Cómo?» – la respuesta de la veterinaria me dejó claro que yo no era la única que no veía las cosas claras en la situación.

La mujer explicó que su perro, de 10 años de edad, tenía unos bultos en el lomo y que estaba segura de que le causaban mucho dolor y que ella no se sentía con fuerzas para darle los cuidados que necesitaba, así que habia decidido que lo mejor era acabar con ello cuanto antes. Mientras la veterinaria, muy cariñosa, examinaba al animal yo le pregunté directamente a él si sentía dolores.

El pobre perrito que de repente había percibido la situación había pasado de estar feliz a estar al borde del pánico. Me dijo que no tenía ningún dolor y que se encontraba perfectamente, que estaban dando un paseo y que derepente todo aquello… No entendía nada y estaba pasando un miedo terrible. Como había confianza comenté a Alicia, la veterinaria, lo que el perro me contaba. Cuadraba con los resultados de su exámen, me dijo.

«Los bultos que tiene este perrito son de grasa, no siente ningún dolor, ni siquiera creo que le molesten mucho, por dónde están localizados y el tamaño que tienen, que no es muy grande… ¿has visto que crecieran últimamente?» – le preguntó a la mujer

«Teneis que sacrificarlo» insistió ella al borde de las lágrimas.

Alicia, que es maravillosa, le explicó que ella no podía hacer eso si no veía razones para ello y estuvo hablando con ella un rato más. Poco a poco se fue verificando la historia que el perrito me había contado, que aquella mujer había salido a dar el paseo de todas las tardes con su perrito y, de repente, al pasar por delante de la puerta del veterinario, como resultado de lo que fuera que le ocupaba la mente en ese momento, decidió entrar a pedir que sacrificaran al perro…

Consiguió que se calmara, quedaron en seguir haciendo alguna revisión periódica al animal para asegurarse de que no sufría y la mujer se fue mucho más tranquila de lo que había entrado por la puerta.

Cuando salió nos miramos con una cierta angustia, ambas nos habíamos dado cuenta de que lo que aquella mujer realmente quería era terminar con su propio sufrimiento. Era ella la que sufría, la que no se sentía capaz de soportar la vida y proyectaba sobre su compañero su sufrir, fantaseando de algún modo con que acabar con él equivalía a acabar con todo de una vez. Proyectaba.

A eso es a lo que yo llamo humanizar a un animal en el peor de los sentidos que el término puede tener.

Los humanos tendemos a proyectar en los demás nuestras desgracias y miserias, y lo hacemos de manera inconsciente, convenciéndonos de que es el otro quien tiene el problema y nuestro único problema es que el otro se haya cruzado en nuestra vida. ¡Qué sorpresa cuando descubrimos que nuestro sistema de percepción no es capaz de percibir nada que no contenga ya, nada que no sea ya parte de nosotros!

Son muchas las ocasiones en que me encuentro en consulta malentendidos entre personas y sus animales que podríamos también entender como una humanización del animal.

Por ejemplo, recuerdo cuando me llamaron por primera vez para hablar con Elvis,

un gatito ya mayor que llevaba cinco años haciéndose sus necesidades no solo fuera de la caja de arena si no a menudo en la cama de su compañero humano. Me confesaron que se habían planteado el darlo y hasta el sacrificarlo porque les parecía mal cargar a alguien con un problema así, pero que le querían un montón y por eso seguían aguantando. Y así debe ser, porque lo cierto es que tanto Elvis como su persona habían pasado un calvario de incomprensión.

Hablando con Elvis nos explicó la razón de su conducta, nos contó cómo cada vez que hacía sus necesidades fuera del arenero pretendía avisar a su persona de algo concreto sobre su salud, ¡la de la persona! Nos explicó el problema, su persona se trató y sanó y Elvis no volvió a tener ningún problema con el arenero desde el momento en que hablamos con él y decidieron tomar medidas para solucionar el problema.

Nunca me he encontrado en todos los años que llevo de profesional de la comunicación entre especies, un caso en que un gato hiciera sus necesidades fuera del arenero solo por enfado o por rencor a su persona, aunque sí sean muchas las veces en que así es como lo entienden a primera vista los humanos. Mi sentir es que los animales no se enganchan a las circunstancias como nosotros lo hacemos. No buscan venganza, ni actúan por rencor como podemos hacer nosotros. A menudo interpretamos esto en sus conductas porque sería tal vez la razón por la que nosotros actuaríamos así, pero ellos son distintos, tienen sus propios valores, sus propias maneras de percibir y por lo tanto se mueven a menudo desde un lugar ligeramente distinto al nuestro. Sobretodo, viven en el presente.

La comunicación con animales nos ayuda a distinguir cuándo se trata de nuestras proyecciones sobre nuestros animales y cuándo se trata de sus verdaderas necesidades o percepciones.

Nos ayuda a conocerles aún más profundamente de lo que podamos percibir de ellos a simple vista. Podemos llegar a saber cuáles son los valores que les mueven e incluso entender el porqué de esos valores. Cuando hablas con un animal telepáticamente puedes llegar a fundirte con él, sentir lo que él siente, percibir como él percibe y entonces comienzas a verles como lo que realmente son, comienzas a ver su ser completo.

No se trata de algo nuevo que no haya sucedido antes, aunque a muchos en estas generaciones actuales nos lo pueda llegar a parecer. Pero lo cierto es que, lo que yo he ido aprendiendo de los animales durante estos años de conversaciones con ellos, me doy cuenta que son maneras de percibir la naturaleza que subyacen en las culturas mas antiguas y apegadas a la tierra; hopis, mapuches, la cultura tradicional china, el Antiguo Egipto…

Su manera de respetar a la Tierra y a los demás seres vivos que nos acompañan en este planeta, la comprensión de sus ciclos, la interacción con las plantas y las piedras, la comprensión incluso del cuerpo, de la maternidad. De todo esto y más los animales me han ido hablando y enseñando a lo largo de estos años. Y siempre lo que me comentan coincide con lo que, poco a poco, después he ido encontrando en la sabiduría de estos pueblos. Es la sabiduría de la Tierra y eso sí es común a todos los seres vivos, todos los que tengan ojos preparados para ver y oídos para escuchar.

A menudo pienso que la principal barrera que tenemos para poder volver a conectar con toda esa sabiduría es la idea de que somos la mayor inteligencia sobre la faz de la tierra.

Convencidos de esto nos hemos cerrado en una burbuja autoimpuesta en la que nada puede pasar sin «humanizarse». Tras tanto tiempo desconectados de la Naturaleza y de la comunicación a través de la telepatía hemos desarrollado una fuerte sensación de estar solos en el universo. Aceptamos la idea de que las emociones y la capacidad de actuar coherentemente con ciertos valores son solo una capacidad humana, cuando se trata de capacidades innatas a la vida y cada especie las desarrolla a su manera, pero sin duda las desarrollamos todos.

 

Entendemos lo que percibimos tan solo desde nuestro propio punto de vista y nos perdemos todos los demás puntos de vista que las diferentes especies podrían ofrecernos.

Pero lo más duro de esto es probablemente la sensación de soledad que cada ser humano hemos desarrollado en nuestro corazón ignorando, sin darnos cuenta, la inmensa cantidad de vida que nos rodea, las infinitas inteligencias que nos arropan.

Aparece de esa herida la idea de escasez, porque nosotros mismos cortamos el flujo de esa abundancia que proviene de lo que los indígenas y los animales llaman la Madre Tierra, empezamos a mirar con los ojos de nuestra propia escasez y claro, desde ahí solo podemos ver más escasez y competencia, que nos impide entender los flujos de una Naturaleza basada en la abundancia y la cooperación, expresando miedo donde para ser felices y tener todo lo que necesitamos solo se nos pide confianza.

Y volviendo, para terminar, a la raíz del tema que me ocupa en este artículo,

y tras esta reflexión y sobretodo mucha observación de animales, personas, modos de vida y sus resultados, creo sinceramente que un buen comunicador, alguien que ha aprendido a escuchar a otras especies sin imponer sus propios valores, sin filtrar los mensajes de los animales por el tamíz de sus propios valores, alguien que se ha dejado enseñar por la Naturaleza, está muy lejos de humanizar a un animal y mucho más cerca de animalizarse él mismo. Alguien que está adquiriendo una profunda comprensión de lo que le rodea y al mismo tiempo, porque al final resulta ser lo mismo, también una profunda comprensión de sí mismo.

Desde la inmensa gratitud que siento a la vida por ponerme en contacto de nuevo con esta forma de comunicación, y a todos los animales por ser tan amorosos maestros, sólo puedo desear para todos los seres humanos que vuelvan a conectar con esta capacidad, a hablar de igual a igual con los demás seres vivos, a sanar su soledad y su sensación de escasez y a redescubrir el Amor y la abundancia de la que estamos rodeados. Que así sea.

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