El hombre no puede poseer nada mientras tema a la muerte. Todo pertenece a quien no la teme.
León Tolstoy «Guerra y Paz»

Este es un árticulo escrito por Mariví Simona «A los que se quedan» tras la muerte de un ser querido, para ofrecerles la visión de la muerte y la manera de afrontar el duelo de los animales. Tras su primera publicación en una revista, lo editó y completó años más tarde para este blog. Hemos recuperado ese borrador para compartirlo con la Tribu.
A los que se quedan:
Un amigo me contó hace poco que un hombre de nuestro barrio, a sus 80 años de edad, y después de haber superado la muerte de su hijo un año antes, se había suicidado a los pocos días de morir su perro.
Los que hemos tenido la suerte de amar a algún animal podemos entender esta historia. Sabemos que amenudo son ellos quienes nos arreglan el día con su amor incondicional, sanan nuestras heridas emocionales y representan el apoyo que siempre está cuando lo necesitas para recordarte las cosas verdaderamente importantes de la vida. No es extraño que cuando ellos se van sintamos un profundo dolor y desconsuelo.
La muerte de nuestro animal de compañía puede llegar a ser uno de los mayores traumas en la vida de una persona.
Da igual qué tipo de animal viva con nosotros, perros, gatos, pájaros, hamsters, tortugas… A lo largo de todos estos años como comunicadora y terapeuta de animales he visto todo tipo de animales desarrollar estrechos vínculos de Amor con las personas con las que viven. También he visto el desconsuelo de muchas de estas personas cuando el animal muere y la incomprensión que a menudo rodea a este dolor.
Cuando alguien cercano a nosotros, como un padre, un hijo o un amigo muere, es fácil encontrar a nuestro alrededor quien nos muestre ternura y apoyo como consuelo. Nuestro desconsuelo se acepta y entiende socialmente. Sin embargo, cuando nuestros animales mueren, a menudo el consuelo de aquellos que nos rodean se basa en frases como “-Mujer, solo era un animal”, “-Eso lo solucionas cogiendo otro animal cuanto antes” y demás comentarios que indican incomprensión ante nuestros sentimientos de dolor.
He observado también que muchas personas (especialmente hombres, aunque no solamente, ni todos ellos) amantes de sus animales, se piensan débiles y algo culpables por sentir con profundidad el dolor de la pérdida. Se esfuerzan por esconderlo a los demás, incluso a su propia familia, lo que a menudo acrecienta su sufrimiento.
Sienten que su dolor es exagerado y fuera de lugar pues no está aceptado socialmente.
La importancia del duelo tras la muerte de un animal al que hemos amado
es lo que quiero reivindicar con este artículo.
Pretendo hacer llegar a todos aquellos que en su día han vivido esta situación o que lo vivirán, que no es solo su derecho, sino también una necesidad, expresar sus sentimientos. La pérdida que no se expresa emergerá como una perturbación emocional, social o física. No desaparecerá sin más.
Pretendo también explicar el proceso del duelo desde el punto de vista del animal,
tal y cómo lo entienden ellos, mucho más sabios que nosotros en el manejo sano de las emociones, y desde mi experiencia como comunicadora y amiga de los animales que conviven y han convivido conmigo. Porque ellos también sufren las pérdidas de quienes consideran su familia.
Estamos a comienzos del otoño, es el momento de ocuparse de estas cuestiones, pues de algún modo todos estamos muriendo en estas fechas.
Como ya he comentado en otras ocasiones, mientras el animal está en su proceso de muerte nos necesita a su lado serenos y amorosos, como siempre hemos estado con él, y no proyectando nuestra pena o dolor sobre él.
Es su momento, no el nuestro. Solo una vez que se ha ido empieza el momento de los que se quedaron. Comienza el periodo de duelo.
No es fácil aceptar la pérdida de alguien a quien amamos y nos ama tanto como lo hacen nuestros compañeros animales.
El miedo al vacío y a sentir el dolor que produce su ausencia es grande.
Rendirnos a los ciclos de la vida y aceptarlos suele costar mucho a los humanos y es una de las grandes lecciones que podemos aprender de nuestros animales, ellos saben cómo aceptar cada instante.
Solemos vivir el duelo exhaustos por la lucha interna entre lo que es y lo que estamos dispuestos a aceptar. Como si nuestra negación cambiara el hecho de que ellos ya no van a volver…
«Aprender a aceptar cada momento de vuestras vidas» es un mensaje que los animales nos envían constantemente.
Y si piensas en ello… sólo con hacerles caso eliminaríamos la mayor parte de nuestro sufrimiento, si no todo.
La no aceptación sólo nos separa de la vida y su realidad, convirtiendo nuestro dolor en sufrimiento.
Aceptemos o no, la vida y sus ciclos siguen su curso. Y negándolo sólo bloqueamos nuestro poder creador; “Maestros creadores, no pueden crear desde lo que no aceptan, no funciona así…”
El primer paso del proceso de duelo por la muerte de nuestro compañero es, por lo tanto, aceptar el desconsuelo. Permitirnos sentirlo y observarlo.
El duelo es la libertad para expresar los sentimientos que no se podrían expresar en circunstancias normales.
Da igual si quien se fue es animal o persona, la muerte de alguien querido siempre deja un profundo vacío en nuestra vida. Aquella parte de nosotros que ellos reflejaban muere con ellos.
Su desaparición nos enfrenta cara a cara con lo desconocido y a la necesidad de establecer nuevas relaciones con todo aquello que juntos compartíamos, incluso con nosotros mismos.
A través de la comunicación telepática entre especies podemos comunicar con nuestros animales también cuando han muerto.
Su cuerpo ya no está, pero su conciencia sigue existiendo, sigue un camino en el mundo que entendemos por espiritual y desde ahí no suelen tener problema en contactar con nosotros si lo requerimos y ellos lo consideran necesario para la apropiada evolución de su alma y la nuestra.
Así, al poco tiempo de morir Gastby, mi perro, en un momento en que le contacté en busca de apoyo para combatir el deconsuelo que a rafagas invadía mi corazón, él, sereno y tranquilo, me contestó:
“Es fácil. Antes eras la chica del perro negro, ahora eres una mujer con ese perro negro dentro”.
No comprendí mucho en ese momento pero aquella frase me dió una idea. Para no echarle en falta comencé a jugar a comportarme como él se comportaba, sentirme cómo él se sentía ante determinadas situaciones o personas.
Empecé a jugar a ser Gastby.
Escribí una descripción de cómo era él y la llevaba siempre encima. A veces la consultaba, otras no me hacía falta.
Cuando el desasosiego me rondaba, o simplemente porque sí, comencé a sacar el Gastby que llevaba dentro y dejaba que se expresase y demostrase al mundo que seguía vivo dentro de mí.
A veces salía a dar paseos a las horas en que solíamos salir y me comportaba con el mismo entusiasmo que él lo hacía correteando por el césped recién cortado y aspirando su aroma, metiendo los pies en los charcos. Otras veces tomaba su misma actitud a la hora de relacionarme con otros miembros de la familia, o me dormía imitando sus posturas sobre la cama.
Era reconfortante y poco a poco fue sanando el dolor de mi corazón.
Descubrí así que cuando ellos se van es porque su camino a nuestro lado está ya completo, tanto para ellos como para nosotros.
Se van porque ya hemos aprendido todo aquello que ellos venían a despertar en nuestro interior, y llega el momento de expresarlo desde nosotros mismos.
Entendí que la muerte de alguien querido no llega nunca por casualidad, siempre guarda un último mensaje de ellos hacia nosotros. Conectar con ese mensaje e integrarlo nos sana profundamente, nos ayuda a crecer como seres humanos, a avanzar. Consigue que podamos volver a recordarles con amor y alegría, sin dolor ni desconsuelo.
Imitar sus acciones y posturas, sus actitudes, es sencillo y puede ser el puente hacia esa parte de nuestro alma de donde nunca se irán.
Desde que Gastby me lo enseñó yo lo he recomendado a menudo en consulta, quienes lo hacen suelen escribirme agradecidos después, pues sus heridas van sanando.
Hace muy poco que murió mi gatita Dulce.
Fue un accidente y nos dejó a todos destrozados, sus dos hermanos, su hijo, su madre y yo.
Ibis, su madre, ha adoptado muchos de los rasgos de su personalidad.
Sale a cazar, cuando ella siempre ha sido una gata muy casera, bufa por las mismas cosas que Dulce solía hacerlo y que a ella, sin embargo, siempre le habían dado igual… está en su proceso y aparte de apoyarla con esencias florales, colores y Reiki, cariño y mimos, poco más puedo hacer. Es su camino y necesita espacio y tiempo para recorrerlo.
No es el primer animal al que observo hacer esto mismo.
En una ocasión me llamaron para que hablara con un pastor alemán porque estaba teniendo un comportamiento extraño y estaban preocupados por él. El animal me explicó que el dueño de la casa y patriarca de la familia había muerto unos meses antes. Él estaba adoptando parte de su papel porque la familia había quedado desestructurada sin su presencia. Lo había hecho porque le echaba de menos, pero también porque todos los demás le echaban de menos.
Propuse un trabajo grupal para integrar la figura del patriarca y poder sanar su pérdida. El animal volvió a su ser, conservó algunas de las nuevas actitudes, pero solo aquellas que realmente le aportaban algo a él, y la familia en general sanó su dolor. También aprendimos todos de aquella experiencia sobre la fuerza de cada individuo en el grupo.
León y Maat, hijo y hermano de Dulce, pasaron su duelo en unos días durmiendo juntos sobre la mantita donde ella solía dormir.
Durmiendo mucho y, poco a poco, recobrando la normalidad. Para ellos fue más fácil y me consta que no es porque no la quisieran tanto como la queríamos los demás.
Marco Polo, también hermano de Dulce y nuestro protector, lo ha pasado algo peor.
Ha estado llorando a Dulce profundamente, maullando desconsolado a ratos. Yo hablaba con él, pero no era un problema de no entender, era solo que la pena tenía que salir. Testé con kinesiología y de nuevo utilicé esencias florales, color y le he dado sesiones de Reiki cuando ha querido. Un buen día después de maullar un buen rato salió al jardín y se acomodó sobre el lugar donde Dulce está enterrada. Pasó allí ronroneando muy quieto toda la tarde. Cuando se levantó ya no volvió a maullar, él también lo ha superado ya.
En cuanto a mí, he necesitado llorar a ratos desconsolada para que saliera el dolor que físicamente notaba oprimir mi corazón.
Y, sobre todo, he necesitado integrar el mensaje que su muerte tenía para mi:
“No cuestiones las decisiones de la Diosa.»
Necesité conversar con Dulce para eliminar la culpa. Ella me ayudó a entender. Era valiente y maravillosa. La vida para ella siempre fue un juego donde la libertad y la propia soberanía eran las únicas reglas. Por fin hace unos días comencé a sentirla así dentro de mi y pude continuar escribiendo este artículo.
Por otro lado, a veces nos apegamos a objetos que relacionamos con los que se fueron, o nos negamos a repetir aquellas rutinas que compartíamos con ellos;
nunca volver a pasar por un mismo sitio por el que pasábamos con ellos, nunca volver a tener un animal a nuestro lado… Congelamos emociones, recuerdos, objetos, como si pudiesemos prolongar así la vida de quienes ya no están. Evitando desarrollar la relación emocional con esa parte de nosotros que solían representar ellos. Cuando nos comportamos así estamos bloqueando nuestro propio ser, que necesita integrarse y seguir.
La vida sigue, pero nosotros no avanzamos.
Nuestro ser seguirá fragmentado hasta que aceptemos y sanemos.
No era extraño, hasta hace una o dos generaciones, que las mujeres al perder a los hijos pasaran unos días completamente idas, gritando y llorando desconsoladas, incluso en lugares públicos, sin que nadie las juzgara como locas. Como si se esperase de ellas expresar el dolor por toda la familia.
A nivel energético, así es como funciona en la mayoría de las especies. Las hembras tienen, en general, una mayor capacidad de trasmutar emociones a nivel energético que el género masculino, y entre un animal y un humano, el animal siempre trasmuta más que el humano. Es pura biología sutil.
Es importante conocer esto, porque es la razón de que ante momentos o periodos de mucha carga emocional, tanto las hembras como los animales en general, expresen comportamientos extraños y poco entendibles para quienes no están siendo tan afectados por la carga emocional.
Un comunicador entre especies profesional está capacitado para comunicar con animales una vez ya han fallecido.
Una parte importante de mi trabajo como comunicadora tiene que ver con este tipo de consultas. Al principio tenía mis reticencias con hacerlas. Pero precisamente haciéndolas, las he ido entendiendo cada vez más profundamente y veo que tenemos de aceptar, no solo que son necesarias, si no que hay una gran posibilidad de sanación a este nivel.
Es importante tanto para los que se quedan como para los que se van, puesto que nuestros animales nos aman de verdad, y parte de su paz una vez han trascendido está ligada a la nuestra y saber que su paso por nuestra vida nos trajo alegría, amor y multitud de regalos que no quedarán ensombrecidas por ese inevitable Adios.
En estas ocasiones, un buen trabajo de comunicación implica la total transparencia del comunicador, de manera que el espíritu del animal sea sentido y reconocido por el consultante. Ser un puente lo más transparente posible entre el espíritu del animal y su persona.
Normalmente, si el trabajo está bien hecho, tanto la persona como el espíritu del animal quedarán tranquilos y en paz.
Los animales, ni en esta ni en ningún otro tipo de consulta a través de la comunicación telepática dan pie a los enganches ni dependencias emocionales.
Sin embargo, nos ayudan mucho a dejar la relación clara y los lazos energéticos armonizados. Como dice una amiga mía que pasó por el proceso hace unos meses, “nos colocan el corazón”.
Por tanto a la pregunta que alguien me hacía hace un par de meses:
«¿Merece la pena intentar hablar con tu animal una vez que se ha ido?»
Mi respuesta es que si así lo sientes, no solo merece la pena, puede que sea fundamental para tu sanación.
Tal vez ya esté todo armonizado entre tu animal y tú. Entonces no sentirás llamar a nadie para que te ayude, y el duelo ocurrirá de manera natural y fluida.
Sé sincero contigo mismo y siente tu corazón para saber.
No dudes de tu sentimiento y hazte caso. Y sobre todo, date permiso para sentir. El mundo necesita más corazones humanos sincerándose consigo mismos. Que sea el tuyo uno de ellos.